No soy la ciclista más hábil, me dan miedo los coches y los otros ciclistas, pero creo que la bicicleta te permite ver cosas que de otra manera pasas por alto. Le pregunté al recepcionista si había alguna regla que debería conocer y negó rotundamente: “No, no, aquí tú eres primero (el ciclista tiene la preferencia)”. Le pedí la llave del candado y salí sin casco a la calle con esa confianza que solo da la ignorancia. Estocolmo está diseñado para los ciclistas, al menos en la zona centro donde circulé: tienen sus propios carriles y semáforos solo para quienes van en bici. Pero lo que sorprendió no fue eso. Mi compañera de viaje aseguró que me pasé el alto al menos dos veces, seguramente me le atravesé a otros paseantes y me detuve en lugares equivocados: nadie me dijo nada. En la Ciudad de México habría coleccionado mentadas, en Amsterdam habría perdido la vida arrollada por 25 ciclistas.
Alguien comentó que por descuido, se metió en una fila; le sorprendió que nadie le reclamara. Además de que tengo razones para pensar que los suecos son los canadienses de Europa, por aquello de la amabilidad, hay una diferencia cultural que salta a la vista. Ellos, a diferencia de los chilangos, no viven en la cultura del agravio.