Por Jimena de Gortari Ludlow

Es sábado. No hay alarma ni prisa y, sin embargo, despierto a las siete porque debajo de mi ventana una sopladora de hojas empuja el polvo de un lado al otro de la banqueta y una aspiradora, unos metros más allá, limpia por dentro un coche tras otro. Sé que en la calle hay tránsito, que el vecino pone música, que de vez en cuando pasa un helicóptero; a eso mi oído ya se resignó; a esto no. Con la molestia todavía en el cuerpo, tomo el teléfono y me encuentro, una tras otra, las notas de personas que tampoco pudieron descansar: alguien que no durmió por una fiesta que terminó a las seis, alguien a quien una prueba de sonido despertó de golpe, alguien que escribe desde la madrugada porque escribir es lo único que puede hacer. El ruido no se queda en la calle, se mete hasta lo más íntimo: la cama, el sueño, la hora en que una decide que empieza el día.

El ruido suele aparecer en la conversación pública como una colección de molestias aisladas: la bocina de una farmacia, la música de un restaurante, la obra que arranca a las seis, el perifoneo en la calle, los altavoces del Metro, el tránsito, la fiesta vecinal que se prolonga hasta la madrugada. Cada caso parece menor cuando se mira por separado. Juntos, sin embargo, revelan una ciudad que ha dejado de proteger una de las condiciones más elementales de la vida: la posibilidad de descansar.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.