Por Edelmira Cárdenas
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Por andar haciendo piruetas para que alguien no se vaya, terminé dejándome botada a mí misma. Hay mujeres que no tienen una relación de pareja, tienen un centro de monitoreo emocional abierto las 24 horas. Si la pareja contesta rápido: todo bien. Si tarda tres horas: algo pasa. Si pone un corazón: todavía me ama. Si responde “ok”: seguro ya se acabó todo.

Amiga, respira. No todo mensaje sin emoji significa que hay otra mujer, una crisis matrimonial y tres maletas listas en la puerta. Pero así funciona muchas veces el miedo a perder. Empieza con una pregunta: ¿y si se va? Y esa pregunta comienza a dirigir la relación. Cuidamos cada palabra, nos adaptamos, cedemos, perdonamos demasiado y dejamos de decir lo que necesitamos para no provocar un conflicto.

Hasta que un día aparece una verdad bastante incómoda: por miedo a que alguien me abandone, empecé a abandonarme yo. Porque a veces no estamos buscando solamente una pareja. Quizá estamos buscando sentirnos elegidas, importantes, seguras. Quizá, en el fondo, queremos que alguien nos diga: “No me voy”.

Y cuando esa persona se convierte en nuestra principal fuente de seguridad, cualquier distancia se siente como amenaza. Si está cariños@, respiramos. Si tarda en contestar, se activa la alarma. Si l@ sentimos distante, empezamos a imaginar escenarios que ni Netflix se atrevería a producir.

Entonces ya no estamos disfrutando la relación. Estamos vigilándola. La herida de abandono no siempre dice: “Déjame”. Muchas veces dice: “Por favor, no te vayas”. Y por no volver a sentir esa pérdida podemos quedarnos en relaciones que ya no nos hacen bien. Confundimos amor con necesidad, conexión con dependencia y sacrificio con compromiso.

Terminamos diciéndonos: bueno, por lo menos está. Aunque el precio, como diría Lupita D’Alessio, sea: “Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo”. Pero aquí quiero preguntarte algo: ¿y tú? ¿Tú también estás? Porque quizá el verdadero abandono no empieza cuando alguien hace las maletas.

El abandono empieza cuando tú dejas de escucharte para conseguir que otr@ no se vaya. Cuando sabes que algo te duele y dices: “No pasa nada”. Cuando necesitas pedir algo y mejor te callas. Cuando aceptas menos cariño, menos sexo, menos respeto o menos reciprocidad de la que necesitas. Cuando aceptas migajas porque tienes miedo de quedarte sin pan. Y no, una relación no tiene que ser un buffet de atención las 24 horas. Pero tampoco puedes pasar años sobreviviendo emocionalmente con una galleta salada y decir que estás satisfecha.

Te voy a decir algo: no necesitas que alguien se quede a cualquier precio. Necesitas una relación en la que no tengas que traicionarte para conservarla. Y aquí aparece una pregunta mucho más importante: ¿qué parte de ti necesita desesperadamente sentir que alguien se quedará? Quizá la niña que se sintió sola. La que aprendió que tenía que portarse bien para recibir amor. La que se hizo útil para sentirse necesaria. La que cuida a todos, pero cuando necesita algo dice: “No, gracias, yo puedo”.

Esa parte no necesita necesariamente que aparezca la persona perfecta. Necesita que aparezcas tú. Que la escuches. Que la cuides. Que le pongas límites a quien la lastima. Que dejes de meterla en relaciones donde tiene que competir por amor.

Y ojo, sanar no significa convertirte en la mujer que no necesita a nadie. Qué flojera también vivir a la defensiva. Claro que necesitamos amor, abrazos, compañía, deseo y vínculos. El problema no es necesitar. El problema es creer que sin esta persona no soy suficiente.

La autonomía emocional significa poder necesitar a la pareja sin perderte a ti, poder amar sin perseguir, poder extrañar sin abandonarte. Puedo disfrutar que estés sin convertir tu presencia en mi única fuente de bienestar. Porque nadie puede garantizarnos que jamás se irá. Las personas cambian, la vida cambia y las relaciones también.

Por eso, la seguridad más profunda no está en encontrar a alguien que prometa quedarse para siempre. Está en poder decir: “No sé quién se quedará conmigo toda la vida, pero yo ya no pienso abandonarme”. Y ahí cambia todo. Ya no eliges desde: ¿qué hago para que no se vaya?, sino desde: ¿de verdad quiero que se quede? ¡Y esa, amiga, es otra conversación!

Porque entonces puedes preguntarte: ¿me siento respetada? ¿Puedo ser yo? ¿Puedo expresar lo que necesito? ¿Hay reciprocidad? ¿Esta relación me expande o me tiene haciendo maromas para no incomodar?

Cuando tienes terror a perder, puedes aceptar casi cualquier cosa. Pero cuando sabes que puedes sostenerte, tus estándares cambian.

Ya no buscas desesperadamente a alguien que simplemente se quede. Buscas a alguien con quien valga la pena quedarse. El miedo quizá siga apareciendo. Te dirá: “No reclames, perdona otra vez, hazte chiquita, con tal de que no se vaya”. Y tú puedes responder: “Sí, sé que tienes miedo. Pero hoy no vas a decidir por mí”.

Porque quizá sanar la herida de abandono no significa dejar de necesitar amor. Significa poder decir: “Sí, necesito amor. Pero ya no estoy dispuesta a perderme para conseguirlo”. Tu pareja puede ser tu compañer@, tu cómplice, tu amante, alguien con quien quieras compartir la vida. Pero no puede ser tu única casa. Tu casa también eres tú. Y aunque alguien se vaya, que haya una persona que decida quedarse: tú.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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