Por Frida Mendoza
Hace muchos años, mi mamá me contó lo que significaba una reunión familiar cuando era niña después de que mi abuelito falleciera. Cada domingo, sin avisar, algunas tías suyas llegaban a comer con toda su familia y para mi abuelita, una anfitriona nata con un sazón exquisito, tener casa llena era sinónimo de éxito.
Mi mamá, la más chica de sus ocho hermanas y hermanos era una de las que tenía la mayor carga de tareas para limpiar y acomodar la casa. Mi abuelita y mi tía Maye estaban al frente de la cocina para preparar una gran cantidad de guisados para que la comida alcanzara a toda persona que llegara. Un clásico mexa, “cuando eres anfitrión nunca disfrutas la fiesta”... eso a menos que cuentes con el privilegio de que alguien se encargue de organizar tu evento. Pero en el caso de esas reuniones familiares que mi mamá recuerda de su infancia, junto con mis tías y tíos, era agotador.
¿Pero qué pasaría si de pronto eres la anfitriona y ni siquiera estás invitada a la fiesta en tu casa? Si lo pensamos en cualquier casa, se trataría de un acto terriblemente grosero. Pero si lo pensamos en el país, el nivel de desprecio es aún mayor.
Eso es lo que hemos vivido en los últimos meses y la incomodidad no se me va. Para empezar, el slogan de “el balón regresa a casa” no ha dejado de sonarme chocante. ¿Por qué decir que el balón regresa, si nunca se fue? Lo vivo todos los días en casa y con mis amistades, creo que puedo afirmar que conozco al menos a una persona aficionada de cada uno de los equipos de la Liga Mexicana varonil y femenil, incluso hasta del Necaxa. He acompañado a mi familia a ver a los Pumas y a mi esposo a partidos del Cruz Azul, al Ángel a celebrar la décima y me he desilusionado más yo cuando han perdido. Vaya, hasta he jugado fut con amigas y no me considero una gran aficionada.
¿En serio se fue el balón? Como mi adorado Juan Carlos Bodoque me intrigué tanto que busqué los datos y esto fue lo que encontré: México es uno de los países más futboleros del mundo puesto que de los más de 132 millones de habitantes que el Inegi contabiliza, hay alrededor de 56.7 millones de aficionados al futbol. Si bien esto en 2025 nos coloca como la quinta afición más grande del mundo, en proporción a su población es la segunda a nivel mundial con un 64% de seguidores de acuerdo con la firma global de audiencias y datos Nielsen.
Sí, han pasado 40 años desde México 86 y lo que regresa entonces -con sus múltiples peros porque no regresa completo- es el Mundial. Y el futbol no es el Mundial en sí, el Mundial es una de las competencias profesionales más grandes en las que la afición mexicana no está invitada.
Y es aquí donde llego a la otra cara de ser anfitriones y no ser partícipes.
De las obras públicas he hablado bastante y sé que se necesita todavía más análisis de ésto pero si fijamos la mirada en la población, en aquella que podría disfrutar el Mundial, en la clase trabajadora, estamos viendo entonces a una parte de los anfitriones más despreciada. Duplicar tiempos de traslado, pagar más para transportarse, caminar relegados, vivir la gentrificación en tiempo real, el despojo, las subidas de precios, las vallas que te esconden, ser ignoradas.
Ni qué decir de los precios impagables para ir al estadio. O de las limitaciones por parte de la FIFA para ver o hablar del Mundial. La fiesta más excluyente del futbol hasta ahora.
¿Y sus invitadas incómodas? Las familias buscadoras, víctimas de una crisis de desaparición que siguen sin ser recibidas por el gobierno, que sus fichas de búsqueda, sus reclamos en Jalisco, Nuevo León y Ciudad de México resuenan con fuerza en redes pero en las calles buscan ocultar, encapsular. El balón regresó a casa pero los desaparecidos no.
En redes leí un comentario que decía “hoy están estallando en la cara del gobierno todas las causas que acompañó para llegar al poder y una vez arriba les dio la espalda”... Yo pienso que tal vez ya habían estallado antes pero ahora están ahí, esperando que la sociedad en general los vea, que nadie ya volteé la mirada al dolor.
Porque no está bien que nos oculten, no está bien que la presidenta llame como provocadores a quienes están usando como último recurso la protesta visible en un evento mundial, no está bien que sus arreglos empeoren nuestra calidad de vida, no está bien que seamos anfitriones y no nos inviten a participar. México es un país futbolero y si protesta o rechaza, más allá de cualquier molestia con el balón, es contra toda la desigualdad e injusticia que persiste desde el poder contra quienes ponen el trabajo, los servicios e incluso, las víctimas.
El Mundial llegó y así lo recibe México. De los tres países que este 2026 será sede, puedo asegurar que pese a todo, aquí se siente la expectativa, algo de emoción y hospitalidad pese al despojo. La casa no quedó arreglada ni superficialmente, tampoco en sus tejidos de su población. Así llegó y no podemos negar las heridas abiertas, no podemos negar que tal vez miremos los juegos, que comentemos y nos involucremos en ese deporte que hasta con una botella aplastada se arma la cascarita. Pero tampoco podremos negar que desde varios espacios, estaremos quienes hablaremos y trataremos que resalte todo lo que estamos pasando.
El balón nunca se fue de casa, y mientras esté en nuestra cancha, que los anfitriones se hagan escuchar.
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