Por Jimena de Gortari Ludlow
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Mucho antes de que existieran los sonómetros, los mapas de ruido o las normas sobre contaminación acústica, los seres humanos ya intuían que el sonido era una fuerza capaz de transformar la vida. No disponían de decibeles para medirlo ni de evidencia científica para explicar sus efectos fisiológicos; lo que tenían eran relatos y quizá por eso la mitología constituye la primera gran reflexión sobre la escucha.

Los dioses griegos no gobernaban únicamente mediante la fuerza o la imagen; gobernaban mediante voces, cantos, ecos, silencios y estruendos. El sonido no aparecía como un elemento secundario del paisaje, sino como una forma de ordenar el mundo. Mucho antes de que la acústica se convirtiera en disciplina científica, los mitos ya habían comprendido que escuchar nunca fue un acto neutral.

La escena más conocida es, probablemente, la de las sirenas en la Odisea. Solemos verla como una historia sobre la tentación; sin embargo, es ante todo una reflexión sobre el reparto de la escucha. Las sirenas no atacan con armas; cantan. Su poder no reside en la intensidad del sonido, sino en que no todos pueden decidir si lo oyen. Ulises no se tapa los oídos. Al contrario: quiere escuchar y pide ser atado al mástil porque sabe que no podrá resistirse. Pero conviene mirar la escena completa, porque hay dos técnicas y no una. Mientras él escucha inmovilizado, sus hombres reman con cera en los oídos. Adorno y Horkheimer lo señalaron hace ochenta años: la escucha estética del amo se sostiene sobre la sordera obligada de quien trabaja. Nadie preguntó a los remeros.

La lección resulta incómodamente contemporánea: el problema no es que el mundo suene, sino que la posibilidad de decidir qué se oye está repartida de manera desigual y casi siempre se compra. La cera de hoy son los audífonos con cancelación, el doble vidrio, la mudanza a una calle interior.

No es casual que otra figura central de la mitología sea Eco. Castigada por Hera, pierde la capacidad de iniciar una conversación y queda condenada a repetir las palabras de otros. Su tragedia no consiste en guardar silencio, sino en perder una voz propia. Desde entonces, el eco dejó de ser únicamente un fenómeno físico para convertirse en una metáfora cultural. ¿Qué ocurre cuando una comunidad sólo repite? ¿Qué sucede cuando todas las voces terminan pareciéndose? En nuestras ciudades, saturadas por anuncios, motores, alarmas y pantallas, la historia de Eco adquiere una resonancia inesperada. El exceso de ruido no sólo dificulta escuchar; también puede volver indistinguibles las voces.

En el extremo opuesto aparece Orfeo. Si las sirenas representan el sonido que retiene, Orfeo representa el sonido que transforma. Su música conmueve árboles, animales, piedras e incluso persuade a Hades para permitirle descender al inframundo en busca de Eurídice. La fuerza de Orfeo no es militar ni política; es acústica. Los griegos imaginaron así una forma distinta de poder: la armonía como capacidad de modificar el mundo.

Algo semejante ocurre con Zeus. Antes de aparecer, se escucha el trueno. El estruendo anuncia autoridad. El sonido precede a la imagen: el poder necesita hacerse oír antes de hacerse visible. No deja de ser significativo que muchas formas contemporáneas de poder también recurran al sonido: sirenas, himnos, discursos amplificados, alarmas, altavoces. El ruido nunca ha sido sólo una consecuencia de la organización social; con frecuencia ha sido también una herramienta para organizarla.

Incluso Pan, dios de los bosques y los rebaños, dejó una huella acústica en nuestro lenguaje. Su grito repentino provocaba un miedo irracional entre quienes atravesaban la naturaleza. De él heredamos la palabra «pánico». Hoy sabemos que ciertos sonidos desencadenan respuestas fisiológicas inmediatas; la mitología ya había intuido esa relación entre oído, emoción y cuerpo.

También el silencio tenía un lugar propio. En el pensamiento griego no era simplemente ausencia de sonido: era la condición necesaria para escuchar un oráculo, comprender una revelación o prepararse antes de una decisión importante. El silencio poseía densidad; no era un vacío, sino un espacio de posibilidad. Quizá esa sea una de las diferencias más profundas con nuestra época. Hemos aprendido a medir el ruido con enorme precisión, pero hemos olvidado atribuir algún valor cultural al silencio.

Tampoco conviene idealizarlo. Kafka imaginó que las sirenas no cantaron cuando pasó Ulises: guardaron silencio, un arma más terrible que el canto, porque lo que aniquila no es la seducción, sino la soberbia de haberse creído invulnerable por fuerza propia. El silencio no es la solución al problema del ruido; es otra de sus formas. En una ciudad desigual, el silencio también se produce, se administra y se le quita a alguien: la calma de unas cuadras suele ser el reverso contable del estruendo de otras.

La investigación contemporánea, sintetizada por la Organización Mundial de la Salud, ha confirmado que el ruido ambiental altera el sueño, incrementa el estrés, dificulta el aprendizaje, modifica el comportamiento infantil y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares. La ciencia ha conseguido describir con precisión mecanismos fisiológicos que los antiguos desconocían. Sin embargo, hay una intuición que permanece sorprendentemente constante: el sonido modifica la conducta humana.

Tal vez la aportación de la ciencia no haya sido descubrir que el sonido importa, sino explicar cómo importa. La evidencia cuantifica aquello que el mito había percibido de manera narrativa. Uno ofrece mecanismos; el otro conserva preguntas. Ambos intentan comprender por qué ciertas voces orientan, otras desvían y algunas terminan por desaparecer bajo el estruendo.

Quizá por eso resulte útil volver a la mitología cuando hablamos del ruido de las ciudades, no porque los mitos ofrezcan soluciones técnicas, sino porque recuerdan algo que a menudo olvidamos: escuchar es una práctica cultural antes que un fenómeno físico. Una ciudad no se define únicamente por su arquitectura o su movilidad, sino también por aquello que decide amplificar, por los sonidos que protege y por los silencios que todavía es capaz de preservar.

Antes de los decibeles hubo dioses que hablaban mediante truenos, ninfas condenadas a repetir, héroes atados al mástil para escuchar sin sucumbir y una tripulación con los oídos sellados que hizo posible esa escucha. La lista importa completa, porque en ella ya está el reparto: alguien decidió quién oiría y quién remaría. Quizá la pregunta que formularon los mitos siga siendo la nuestra, aunque incomode más planteada así: no qué merece ser escuchado, sino quién puede decidir aquello a lo que está expuesto.

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@jimenadegortari

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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