Por Karla Iberia Sánchez
No era Diego “N”. Ni siquiera Diego.
Quizá no habría volteado si le llamabas por su primer nombre.
“Sebas” para los cuates. Tú no.
The Big Fish para ti.
Así firmaba los correos desde el despacho de Anatole France.
Una oficina de ensueño, una emulación de esos pisos lúdicos en Mountain View: billar, snacks. No te engañes. En Shark BTL no la pasarías tan bien.
Con la condición de nunca revelar sus nombres ni cargos, un grupo de ex empleados aceptó hablar con esta reportera.
Desde distintas esquinas de esa oficina se escuchaban los gritos de Diego Sebastián Rosen Ferlini, hoy con sangre en las manos; hoy homicida, multihomicida.
No pueden creerlo. Y sí: Diego, tan acostumbrado a ser arrollador y a arrollar.
Era guapo. Un racimo de superioridad andante.
Autoexitoso, autopercibido: qué labia tenía. Ese acento. Lindo.
Era prometedor; los seducía y firmaban.
Shark BTL llegó a dar servicios a las grandes cerveceras, al ron que sí combina, a armadoras que hoy negarían haber autorizado decir que lo conocieron. Pero las mesas de bares y restaurantes cercanos al Parque Lincoln contarían tanto de largas comidas, tratos y Valle.
Te invito a Valle. Su paraje preferido: Avándaro. El famoso argentino. Primero, el “te invito”; luego, el: “Si quieres, te rento mi casa”.
Y ahí inició todo y terminó todo.
Murieron ellos.
Él sigue aquí: tatuado, despeinado, desprolijo, aterrado. Aterrador. Aterrador tú, Sebas, The Big Fish. Viste demasiados realities.
¿Cómo olvidar a ese hombre? Esa voz. La levantaba si las Perrier y las cocas no estaban ordenadas meticulosamente en el refri mientras se frotaba la nariz.
Nerviosamente.
Ese refri no, estúpido. El otro. El de las cocas.
¿Plumas, papeles, fotos de tu novia en el lugar? Cancelado.
Anatole France era como su tierra. La había colonizado con la oficina, con su departamento, con el de su exesposa.
El restaurante Matisse, de Polanco, sí que facturaba con él. Los empleados debían adivinar qué le podría apetecer.
Si le llevabas un desayuno que no le gustaba, estallaba. A la basura, al más puro estilo Miranda Priestly.
Los empleados, de cualquier rango, estaban obligados, además, a ir a recoger a su amado hijo a la escuela. Amado hijo: el tuyo, Diego “N”. Los de los demás serían carne de cañón. Carne. Solo carne.
A ti lo que te gustan son las cajas frías.
Tan impecable, tan brillante, tan caprichoso, tan ambicioso.
Tan letal.
Esa camisita azul de creativo relajado se tornaba pequeña y casi se rompía cuando Sebas montaba en energúmeno.
Love bombing empresarial: se acercaba, te invitaba, te seducía, te prometía, te instalaba la mitad de lo acordado, lo buscabas, se evadía: un mensajito de voz aquí y allá. Cerraba por dentro la oficina cuando ibas, de buenas, a ajustar cuentas.
Después, el amago: hasta que se fue quedando sin socios, sin amigos.
Hasta que estafó a sus proveedores.
A sus grandes clientes.
Hasta que estafó a los bancos.
Y se volvió un nómada: Nomad, wey. Esa es su marca.
Obligado a esconderse de los departamentos de cobranza, era cada vez más iracundo.
Humillaba a sus familiares. A cambio de apoyarles, les exigía ser prestanombres.
Un perfil impune. Tantos como él, que florecen en un entorno que no te detecta, que no te rastrea.
Nadie puede detonar un arma con silenciador sin experiencia.
Por eso, en el sobresalto, me cuentan esta historia.
¿Quién vendría por ellos si esto se sabe?
¿Factureros? ¿Traficantes? Todos juntos vámonos al grito a Las Vegas.
No, Madrid. Mejor.
Se parece más a Polanco.
Y así vemos a Paola Mandri.
Gerardo “N”. Pobre. Lo involucraron.
No pobre.
Diego “N”. Nunca le pagó lo prometido.
Hace 20 años le prometía. Hace 10 le prometía.
Gerardo “N”, desde la vivencia de estos empleados en distintas compañías, era su “surtidor” de experiencias: consumir, tirar, esconder, trasladar.
Gerardo “N”, Jerry, para los de la oficina: inolvidables sus dimensiones, sus bromas vulgares.
Su mirada sobre ti, como si él también tuviera que cobrarse las afrentas que le habías hecho a Sebas.
Le corría a gritos y le recontrataba cada tanto tiempo que hasta podían hacerse apuestas.
No podían estar uno sin el otro: se sabían demasiado, se cubrían demasiado.
Uno veía el futuro, el otro lo conducía.
Ambos pegados con algo más adherente que el afecto, los años, las cintas.
Ambos unidos para siempre en la locura: “Los voy a matar. Acompáñame”.
Gerardo Cisneros, casi siempre vestido con esa camiseta negra y pantalones ajustados.
Casi un cadenero de antro.
Lo fuiste. Hasta el final.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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