Por Laura Brugés

Colombia acaba de cerrar una de las jornadas electorales más fracturadas de su historia reciente, con un resultado de infarto que deja al país partido exactamente por la mitad. El electorado colombiano no votó el domingo pasado por el candidato del "tigre" ni por una fascinación mágica con su mercadotecnia pop de Zucaritas y camisetas de la selección. Colombia votó impulsada por el miedo a regresar a los tiempos más violentos, por el temor a volver a los peores días de su guerra eterna. Fue un voto de castigo rotundo a la continuidad de un proyecto político que prometió una "paz total" y terminó entregando una seguridad bajo mínimos.

El ejemplo más crudo de este fenómeno se vivió en el Catatumbo. Municipios que han sido el epicentro del desplazamiento, las masacres y la economía cocalera le dieron la espalda a la izquierda y se volcaron hacia la derecha. No fue una decisión ideológica, sino más bien un voto de supervivencia. Cuando la institucionalidad se desmorona, la narrativa de la mano dura simbolizada por un candidato protegido detrás de una urna de cristal y escudos antibalas, se vuelve magnética. El Catatumbo prefirió el blindaje a la incertidumbre; y los datos de la propia Registraduría Nacional de Colombia, la autoridad electoral del país, lo demuestran de forma contundente: en Norte de Santander, la cuna geográfica de esta golpeada región, De la Espriella arrasó, aislando por completo el discurso oficialista.

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