Por Lizeth Romero
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Las elecciones de 2027 aún no tienen fecha en el calendario de muchos mexicanos, pero en la práctica ya comenzaron. Desde septiembre de 2026, el INE puso en marcha el proceso electoral más grande en la historia del país: más de 100 millones de ciudadanos están llamados a las urnas para elegir casi 20 mil cargos de elección popular, incluyendo 17 gubernaturas. La expectativa oficial es de una contienda ordenada, competitiva y regulada. La realidad, hasta ahora, muestra una carrera que arranca con desafíos visibles, reglas aún difusas en el terreno digital y un electorado que oscila entre la esperanza y el desencanto.

La primera expectativa que se pone a prueba es la de un oficialismo con ventaja consolidada. Durante años, Morena y sus aliados operaron con la certeza de que el “voto duro” y la figura de Andrés Manuel López Obrador les garantizaban victorias casi automáticas. Las encuestas recientes pintan un escenario más competitivo de lo que algunos quisieran admitir. Morena aparece con entre 33% y 41% de preferencia bruta, según tres mediciones clave: 41% en Enkoll (para El País y W Radio), 35% en Buendía & Márquez (para El Universal) y 33.4% en Consulta Mitofsky, todas levantadas entre agosto y principios de septiembre de 2026. Es una ventaja amplia, pero con señales de desgaste: según Mitofsky, la imagen positiva de Morena cayó de 56% a 49% en un año, mientras que su imagen negativa subió once puntos, de 23.9% a 34.9%. Con estos números, analistas como Roy Campos y columnistas como Jorge Alcocer coinciden en que la alianza Morena-PT-PVEM tiene posibilidades reales de perder en cinco o seis estados, incluyendo bastiones opositores donde la competencia está muy reñida, como Querétaro, Aguascalientes y Nuevo León. La narrativa del “destino manifiesto” de la 4T empieza a chocar con la aritmética electoral.

Del otro lado, la expectativa de una oposición unida y renovada también enfrenta límites. PAN y PRI, que juntos suman apenas entre 20% y 23% en las mediciones, siguen atrapados en el dilema de aliarse o competir por separado. Movimiento Ciudadano, por su parte, crece hasta alcanzar entre 9% y 12%, pero se niega a formar parte de un frente amplio. El resultado es una oposición fragmentada que, aunque recupera terreno, no logra presentarse como una alternativa coherente. La expectativa era un renacimiento opositor; la realidad es una suma de cálculos locales, candidaturas en definición y mensajes que buscan conectar con un electorado exigente.

Hay un tercer nivel donde las expectativas y la realidad divergen de manera preocupante: el terreno digital. El INE destinó más de 10 mil millones de pesos para el financiamiento de partidos y campañas en este proceso, pero las reglas para la propaganda en redes sociales siguen siendo difusas. La presidenta Claudia Sheinbaum ha pedido al instituto electoral que establezca límites claros, reconociendo que ahí se jugará buena parte de la contienda. Sin embargo, mientras se discuten los marcos legales, el algoritmo ya está decidiendo qué se ve y qué no. La expectativa era una campaña transparente y regulada; la realidad es un ecosistema donde influencers, contenidos editados y cuentas anónimas pueden inclinar la balanza sin que siempre haya claridad sobre responsabilidades.

La seguridad es otro punto de fricción. Las elecciones de 2027 se desarrollarán en un contexto de violencia política creciente, especialmente contra mujeres y periodistas. Consejeras del INE han advertido que las redes “no están plenamente reguladas ni monitoreadas” y que eso representa un riesgo serio para la participación ciudadana y para la integridad de candidatos y funcionarias.

También está el tema de las nuevas fuerzas políticas. En 2027 aparecerán en la boleta dos nuevos partidos nacionales: Paz y Somos México. La expectativa oficial es que amplíen el espectro de opciones para el electorado. La realidad, hasta ahora, es que ambos registran preferencias marginales, de alrededor de 1% o menos. Su presencia podría ser relevante en distritos muy cerrados, pero no parece que vayan a modificar el mapa nacional. Más que una renovación del sistema de partidos, lo que se observa es una fragmentación adicional que beneficia a quienes ya tienen estructura y recursos.

Frente a este panorama, ¿qué pueden esperar los ciudadanos? En primer lugar, una campaña más intensiva en el terreno digital. Es previsible que veamos más videos editados con inteligencia artificial, más mensajes virales fuera de contexto y más “opiniones espontáneas” que en realidad son contenido pagado. En segundo lugar, una competencia más reñida en varios estados, lo que podría generar resultados mixtos: Morena conservaría espacios importantes en el centro y sur del país, mientras la oposición disputa y, en algunos casos, recupera territorios en el norte y occidente. En tercer lugar, un electorado más cansado y escéptico, que ve en las elecciones no tanto una oportunidad de cambio como un trámite necesario.

Pero hay también una expectativa que vale la pena mantener: que estas elecciones sirvan como un termómetro real del país. 2027 será la primera prueba intermedia del gobierno de Claudia Sheinbaum y un punto de partida rumbo a la sucesión presidencial de 2030. Los resultados dirán mucho sobre el estado de ánimo de la ciudadanía, la capacidad de la 4T para mantener su base y la viabilidad de la oposición como proyecto alternativo. No será una elección definitoria en el sentido de 2018 y 2024, pero sí un examen de mitad de periodo que podría marcar el tono de los próximos años.


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