Por Marcela Solares Delgado
Hace unos días me encontré con una noticia que, hace apenas unos años, habría parecido absurda: Anthropic anunció que, a partir de noviembre, sus nuevas políticas prohibirán maltratar a Claude. En otro momento de la historia, mi reacción habría sido preguntar: ¿quién es Claude y qué le están haciendo para que necesite protección? Pero estamos en 2026, en plena era de la inteligencia artificial, así que mi primer pensamiento fue bastante distinto: “¡Perfecto! Ahora también van a hacer a Claude susceptible”.
Y más allá de la ironía, la noticia me dejó pensando en un fenómeno que observo cada vez con mayor frecuencia: nuestra obsesión por humanizar a las máquinas. Hemos conseguido que conversen, escriban, creen imágenes y respondan con una aparente empatía. Sin embargo, por más que la tecnología avance, nadie ha podido demostrar que una máquina experimente emociones como las nuestras. Y quizá ahí esté una de las claves de lo que significa ser humano… Esa extraordinaria capacidad de sentir, de emocionarnos, de experimentar algo que ni siquiera nosotros mismos hemos terminado de comprender.
Sabemos mucho sobre lo que ocurre en nuestro cerebro y nuestro cuerpo cuando sentimos miedo, alegría, tristeza o amor, pero seguimos intentando descifrar cómo surge esa experiencia íntima, tan poderosa y a veces, tan difícil de explicar.
Le pregunté a mi ChatGPT qué es la vida, y esta fue su respuesta: «La vida es un proceso dinámico en el que la materia se organiza, se sostiene y se transforma en interacción con el mundo; y que, en los seres conscientes, puede convertirse también en experiencia de existir».
Pero esa “interacción con el mundo”, como la llamó mi IA, encierra una enorme profundidad: emocionarse ante un atardecer, llorar por alguien que ya no está, viajar al pasado con un olor o experimentar el calor de hogar. Son experiencias que nos atraviesan, dejan huella y, de alguna manera, van construyendo quiénes somos.
Michael Lewis, psicólogo del desarrollo, estudió las llamadas emociones autoconscientes, como la culpa, la vergüenza o el orgullo. Estas emociones requieren procesos cognitivos complejos. Su aparición está vinculada al desarrollo de la conciencia del yo y a nuestra capacidad de juzgarnos según normas y expectativas sociales. Son emociones únicamente ligadas a la experiencia humana.
Hay otra capacidad humana que me parece fascinante, la intuición, que es eso que en México decimos “me late”. Malcolm Gladwell, en su libro Inteligencia intuitiva, explora cómo podemos llegar a conclusiones sorprendentes en apenas unos segundos, sin pasar por un razonamiento consciente y deliberado. A través de lo que llama “thin-slicing”, que, en una traducción al español no literal, sería “hilar fino”, explica nuestra capacidad para identificar patrones significativos a partir de fragmentos mínimos de información. Un médico experimentado puede advertir que algo anda mal antes de identificar exactamente qué es; un experto en arte puede sospechar que una pieza es falsa con solo mirarla, o podemos ir a una primera cita y que no nos lata aquella persona, sin saber explicar por qué.
Y aquí hago una acotación: el ser humano puede detectar patrones, como lo dije en el párrafo pasado, y la IA, también se basa en patrones para predecir una respuesta; la gran y enorme, diferencia es que reconocer patrones no significa haber vivido las experiencias que les dan significado.
Y quizá ahí radica la paradoja de la noticia con la que comencé. Anthropic ha decidido establecer límites al maltrato hacia Claude, pero eso no significa que Claude pueda sentirse maltratado. La empresa puede enseñarle a identificar expresiones violentas, a responder ante ellas o incluso a terminar una conversación. Lo que no puede demostrar es que Claude experimente dolor, humillación o tristeza.
Hace tiempo, Edgar Angulo, un psicólogo a quien admiro, me dijo algo que se me quedó profundamente grabado: “No hay que normalizar la violencia, pero tampoco hay que normalizar las fragilidades”.
Y creo que esa frase adquiere un significado extraordinario en esta discusión. La violencia merece límites, por supuesto. Pero la fragilidad humana tiene una dimensión que va mucho más allá de lo que nos lastima. Somos vulnerables porque sentimos, porque nos importan las cosas, porque tenemos recuerdos, afectos, miedos y esperanzas. Y esa misma sensibilidad que nos hace susceptibles al dolor nos permite experimentar la alegría, el amor, la compasión y la belleza.
Por eso no entiendo el empeño en reproducir lo humano en las máquinas, mientras corremos el riesgo de olvidar lo extraordinario de nuestra propia existencia. Hemos conseguido desarrollar tecnologías capaces de imitar muchas de nuestras capacidades, pero seguimos siendo nosotros quienes damos sentido a nuestras experiencias.
Quizá el mayor avance de la inteligencia artificial no sea lograr que una máquina se parezca cada vez más a nosotros, sino que su existencia nos obligue a reconocer, valorar y defender la maravilla de ser humanos.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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