Por Mariana Conde*

“Ya entramos a esa edad en la que los velorios son más populares que las bodas”, dice mi amiga viendo el tumulto de gente que sigue llegando. La acompaño en el funeral de su mamá después de que menos de un mes antes ella me sostuvo en el de papá. Intenta aligerar el momento con el característico humor heredado de su madre quien nos sonríe desde una excelente foto que capta toda su ligereza y casi logra ocultar tras su marco la opaca caja con las cenizas del que fue su cuerpo.  

Yo no vine a mi Comala buscando a mi padre, yo ya sabía al llegar a Mérida dónde estaba el mío: muy localizable, anclado a su cama de hospital donde pasaría meses antes de unirse al de Pedro Páramo. Pero cuando planeé este viaje para instalarme un tiempo aquí no lo hice pensando que venía a despedirme, a exprimir las últimas gotas de convivencia, de conversación y caricias paternas.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.