Por Mónica Hernández

El repartidor de Uber asignado llega con el pedido del super de Justo y no trae identificación, por lo que no lo dejan pasar. Me marcan a mi casa para que vaya yo a la calle (a unos 300 o 400 de mi casa) a recoger el pedido completo porque sin identificación no puede pasar. Hice pedido a domicilio y se entiende que pago para que me lo entreguen en mi domicilio. Llego a la caseta de vigilancia y noto que el repartidor está a los gritos con el vigilante, que hace exactamente lo que se le pide: cuidar la seguridad. El hombre alega que trae la identificación pero que no la presta para dejarla (y recogerla a la salida) y menos para una fotografía, como marca el procedimiento de quienes entran a la calle. Insulta al guardia. Me insulta a mi y a mi madre. Me “castiga” con que no me entrega el pedido. Me dice pinche vieja. Le digo que se vaya a la mierda. Más insultos, más gritos. El chofer de los vecinos se asoma. Las cámaras graban. Me voy de allí con mi coche y me guardo en mi casa. Me empieza a enviar mensajes en el WhatsApp, amenazándome con que tiene mis datos y mi dirección y que “emprenderá acciones legales”. Le contesto que no tengo nada qué hablar con él y que yo también puedo emprender acciones legales porque además tengo testigos y una cámara que lo grabó todo. Se enoja más. Le digo que le mandaré a la patrulla. Luego se queja que la pinche vieja no le quiso recibir el pedido. Obvio existe la reclamación y la investigación. Esta gente no debe de tener los datos personales de nadie y menos extorsionar con ellos. Ahora creo que nunca más pediré desde esa aplicación. Iré con mi identidad a hacer mi super, rodeada de mi anonimato. Lección aprendida. 

Una junta de vecinos, donde solo estamos dos mujeres y el resto de condóminos, hombres. Las juntas de vecinos merecen un círculo del infierno de Dante ellas solas. Alguien se hace de palabras, porque una quiere macetas y el otro no. Uno quiere una empresa de limpieza y el otro no. A otro no le gusta la cara del tercer vecino y así empezamos. Le siguen otras palabras, cada vez más fuertes. La otra mujer pide mesura. La insultan. Que si las pinches viejas quieren igualdad, que se aguanten el vocabulario masculino y los insultos van parejos. Yo me levanto y me voy y nunca regreso a las juntas de vecinos, aunque los veo a diario y les digo buenos días. 

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