Por Nayra Rivera*
El fin de semana pasado, luego de resistirme por meses, regresé a casa de mis padres. Para distraerme durante la siempre plana tarde de sábado me puse a escarbar en la pequeña biblioteca de la que tuve que prescindir cuando me mudé por trabajo. Un poco carcomido por termitas, encontré un título ambientado en la megalópolis por la que abandoné Veracruz allá por el 2021.
El título resumía exactamente lo que en ese par de días inundaba mis venas: Un Encono de Hormigas. La línea pertenece a un poema de Ramón López Valverde que María Elvira Bermúdez, la autora del cuento, retomó en las postrimerías de su vida aludiendo a la invasión obsesiva, pero silenciosa, de los resentimientos añejos, la violencia sistemática y la desesperanza que rumian por la mente humana.
Al releerlo, conociendo su exquisitez narrativa, pude divagar entre líneas mientras una incomodidad distinta hormigueaba mi ser, ¿cuántas de estas realidades siguen tan lúcidas como hace 40 años?
Antes, es preciso ahondar en la trama. Si no lo leíste aún, aquí puedes encontrarlo. El cuento, editado en 1987, un año antes de la muerte de María Elvira, narra un fin de semana en la vida de seis personajes que nunca se encuentran del todo, pero cuyas vidas están secretamente enlazadas.
Chabela es una niña pobre de la ciudad que espera junto a la puerta de su vecindad a que pase el automóvil rojo de una señorita que le da dulces y monedas. María es su madre, quien fue golpeada la noche del sábado por Eloy, su esposo, y que va a misa buscando resignación.
Eloy es un albañil recién despedido por el ingeniero Romualdo Fuentes que finge dormir aquel domingo mientras planea cómo salir adelante sin decirle la verdad a su mujer. Etelvina es la esposa rica del ingeniero, que descubrió la infidelidad de su marido y esa misma noche fue a un salón donde pagó por un joven. Betsy es la amante del Romualdo, quien lo denunció ante su esposa para liberarse de él, y que pasa en su automóvil rojo frente a la vecindad de Chabela sin detenerse, porque tiene miedo de que el ingeniero la encuentre.
El cuento abre y cierra con la misma imagen: un sol picoso del domingo y Chabela recargada en el quicio de la puerta viendo pasar el coche rojo. Esta estructura no es casualidad, es el cierre perfecto del bucle atroz e implacable llamado destino, que aplasta por igual a las desiguales criaturas humanas.
El eslabón más bajo es Chabela y muestra a la niñez maltratada y pobre. Víctima de violencia por parte de su madre, corre al patio para replicarla contra su gato o sus muñecas. Este cruce de variables -la marginación y la violencia infantil- no se quedó atrapada en las letras de Bermúdez, es una herida abierta y sangrante en las infancias.
En contextos de pobreza extrema, el hacinamiento, la precariedad laboral y la falta de espacios de recreación convierten el hogar en un escenario donde la frustración de los mayores recae en los más pequeños. El pronóstico del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) para Chabela, es que a largo plazo su desarrollo físico, cognitivo, emocional estará por debajo de la media, aunado a que tendrá mayor probabilidad de desarrollar agresividad e incluso abuso de sustancias nocivas en la adolescencia.
De acuerdo con datos recabados por la Red por los Derechos de la Infancia (Redim), entre 2010 y 2024 se registraron 32 mil 409 atenciones hospitalarias a niñas, niños y adolescentes por violencia familiar en México. Paradójicamente, 2024 fue el año más violento de un conteo que deja fuera la cifra de aquellos golpes que no necesitaron asistencia médica, pero que marcarán de por vida la memoria de quienes los recibieron.
Al igual que en el cuento, este encono sistémico se ensaña con mayor fuerza sobre las niñas y adolescentes mexicanas; entre 2010 y 2024, las Chabelas de nuestro patio representaron el 76.2% de las víctimas hospitalizadas por violencia.
La mano que palmeaba las mejillas de la pequeña, que imagino regordeta y tierna, era María, el rostro de la resignación ante el eterno ciclo de lavar, planchar, cocinar con pocos pesos y esperar a que llegue el domingo para, tal vez, ir a Chapultepec. ¿Su refugio? La iglesia y los brazos del ser que ama, pero que ante cualquier inconveniente, la golpea.
Hace 40 años la violencia doméstica contra las mujeres era un hecho cotidiano normalizado en todos los estratos. Hoy la realidad no es otra, solo fue -temporalmente1- cuantificada. Cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) revelaron que en los primeros dos meses del 2026 se recibieron 165 mil 990 llamadas al 911 por violencia de género, es decir, más de 4 mil 200 llamadas por día. El 50.07% de los llamados fueron por violencia familiar y el 23.38% por violencia de pareja.
Eloy es el siguiente eslabón. Albañil mal pagado, despedido durante el fin de semana encuadrado en la pieza de Bermudez, teme confesarle a su esposa que el poco dinero para el gasto se fue en cervezas para olvidar el coraje y que hasta hallar otro empleo, no habrá dinero. El Eloy de 2026 habría perdido un ingreso de poco más de 8 mil 800 pesos al mes, una cifra por debajo al salario mínimo.
En la urbe donde el metro cuadrado puede alcanzar los 75 mil pesos, en 2025 había 206 mil personas trabajando en el sector de la construcción y solo el 34% contaba con seguridad social y prestaciones de ley, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). El cineasta mexicano David Zonana retrata perfectamente esta realidad en la película Mano de Obra, aclamada por la crítica por la crudeza y el giro de la trama en un hechizo anhelo de justicia.
La clase alta está enmarcada por Romualdo -el ingeniero que despide de Eloy- y Etelvina, la esposa que pagaba las cuentas, pero que desde hace años dejó de recibir algo a cambio. En ellos, Bermúdez retrata a la opulencia que utiliza el dinero como anestesia, otra faceta del hilo conductor: el piloto automático. Etelvina, al descubrir la infidelidad de su marido, no rompe la estructura, va a un salón y paga por el cuerpo de un joven para vengarse a su manera. La violencia en la cima no se traduce en golpes o carencia, sino en desprecio sutil y abuso de poder.
El personaje bisagra es Betsy, la amante que delató al ingeniero y la línea que une a los dos mundos. En ella se vive el dolor de quien intenta, a toda costa, romper el paradigma de que origen es destino.
Ella proviene de la misma vecindad que Chabela, pero aprendió las reglas del retorcido juego y las jugó tan bien como pudo para subir un par de peldaños. El costo es una mente asfixiada enmarcada en un torrente de pensamientos sin signos de puntuación que se convierten en uno de los logros técnicos más sofisticados del cuento.
Para librarse de la maraña en la que se metió, Betsy delata a su amante y en su ruta de escape, al pasar en su automóvil rojo frente a Chabela, decide no detenerse por miedo a ser atrapada. Negar su rutinaria moneda solidaria a la niña que ella fue alguna vez es la parte más desgarradora del cuento. El reflejo de un sistema que te obliga a salvarte sola a costa de la deshumanización.
Betsy consiguió ahorros, auto y un departamento a su nombre, comprados por Romualdo, pero financiados por Etelvina. Con estos activos logró una movilidad social que pocos consiguen, pues 7 de cada 10 personas que nacen en el estrato socioeconómico más bajo, como Eloy, María y Chabela, no logran superar la pobreza a lo largo de su vida, según datos del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).
La estructura social mexicana no era en 1987 ni es en el 2026 una escalera. Sigue siendo una cadena de violencia, donde la humillación que el ingeniero rico ejerce desde la cima se desplaza de arriba hacia abajo, eslabón por eslabón, hasta descargarse en el cuerpo de la niña que jala la cola de su gato en el enconoso, eterno y circular domingo de María Elvira Bermúdez.
1 Usé la palabra temporalmente porque los datos utilizados corresponden a una consulta hecha en marzo para otro texto. Para mayo, en el informe federal de violencia de género se incluyó la siguiente leyenda en el apartado de violencia familiar: “Las cifras muestran delitos cometidos en contra de hombres y mujeres, no segrega solo para mujeres”. El chiste se cuenta solo.
*Nayra Rivera: Veracruzana. Lectora desde los 3 años y escritora desde los 6. Estudié Comunicación y colaboré con organizaciones civiles dedicadas a la protección de derechos humanos. Fui editora y periodista en periódicos de circulación nacional y ahora soy narradora de causas sociales a través de las relaciones públicas.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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