Por Nayra Rivera*
Zoila nació bajo el signo de Géminis y encarna esa dualidad a diario sin tregua. Acaba de cumplir 57 años, 22 de los cuales ha dedicado sus manos a limpiar el fango ajeno todos los días y, en sus ratos libres, venerar y cuidar a sus orquídeas, flores emblemáticas del bosque de niebla que rodea el pueblo donde vive, en la zona centro de Veracruz.
Cuando habla de ellas, demuestra que conoce el tema y las llama por su nombre científico: Phalaenopsis. Con esta palabra recordó, en una charla que tuvimos, que el 10 de mayo pasado su hija se ofreció a comprarle unos tenis, pero ella prefirió canjearlos por una de estas varas ornamentales de formas caprichosas, un acto que demuestra que para ella aferrarse a la belleza es una forma de resistir.
Sus ejemplares coronan un jardín ubicado en el costado de su casa; en esa pequeña jungla tiene más de 30 especies de plantas a las que cuida con ahínco. Una antítesis verdosa que confronta al resto del inmueble, dividido por muros sin revocar invadidos por la humedad, pero ferozmente resguardados por un perro blanco y enano de nombre Rambo, quien, amarrado, asimila la crudeza del encierro durante las nueve horas que Zoila cuida de otros.
Cada mañana, alrededor de las 7:30 horas, ella cierra el portón de su casa para tomar el camión o los camiones que la llevarán a sostener la cotidianidad de un hogar diferente cada día, al igual que otras dos millones de mujeres en México que se dedican al trabajo doméstico remunerado (INEGI). Al cruzar esas puertas ajenas, Zoila se mimetiza con el entorno y se adapta a lo que venga, come lo que le ofrecen, prueba cada día un sazón distinto mientras tiene acceso a la intimidad de las familias que la emplean.
Su día a día, resumido en una toma cinematográfica, sería una pantalla dividida en cuatro. En cada cuadro se verían imágenes en movimiento de sus múltiples tareas diarias: barriendo, lavando platos, sacudiendo, sacando la basura y doblando ropa de familias con o sin hijos, mascotas y hasta adultos mayores en cuidado. Estas tareas son tan repetitivas que sus manos las mecanizaron mientras su mente se fuga a un espacio donde el ruido del agua cayendo en la cubeta no logra apagar del todo el peso de las deudas y las enfermedades propias o ajenas. Sus ojos, la mayor parte del tiempo, la delatan fuera de sí.
Zoila tiene inicios de artritis en las manos, diagnóstico sinónimo del desgaste que en los últimos días la obligó a tomarse algunos días para descansar o llegar tarde a su oficio. El descanso, en lugar de renovarla, le provoca una doble pérdida porque, al igual que el 69% de las trabajadoras del hogar del país, no recibe formalmente prestaciones laborales. Por lo que deberá costear cada consulta médica con sus respectivos medicamentos, mientras el día se le escapa sin recibir pago. Reconoce que algunos de sus empleadores la ayudan, pero solo a veces.
Todo esto pese a un fallo en el que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (Amparo directo 9/2018) declaró inconstitucional y discriminatorio excluir a las trabajadoras del hogar del régimen obligatorio del IMSS, incluso si solo trabajan un día a la semana. Zoila desconoce ese veredicto y la sociedad prefiere mantener el secreto que sostiene el desamparo como costumbre.
Estos pesares, provenientes de una estructura que necesita fervientemente sus servicios pero no se hace responsable de quien los provee, no son los únicos. Sus días están atravesados por fuertes situaciones familiares. Cuando toma confianza, abre su corazón, no en busca de compasión, solo para aliviar la carga.
Por un lado, escuchamos acerca de la hija mayor de Zoila, madre de tres hijos, que adquirió fibrosis pulmonar como secuela grave del Covid-19, virus que dejó con algún mal parecido al 10% de los mexicanos que lo contrajeron y quedaron atrapados en los daños que se volvieron crónicos, según la UNAM.
Mientras que en la habitación más oscura de su dolor está su hijo menor, de poco más de treinta años. Hace algunos años, él migró a Tijuana en busca de empleo, pero un día Zoila dejó de saber de él. Nunca pudo recorrer los más de 3,500 kilómetros que los separaban. Un día, lo encontró en una publicación de redes sociales; alguien lo halló en condición de calle en una frontera donde solo en lo que va de 2026 se han decomisado más de 2.1 toneladas de metanfetaminas, la droga que lo llevó al borde de la muerte.
Cuando fue por él, le dijeron quienes se lo entregaron: “Si se lo lleva, se le muere en el camino”. Para evitar la sentencia, lo internó en un centro de rehabilitación cristiano. Pero mantenerlo a flote entre la abstinencia y los cánticos religiosos cuesta 10 mil pesos mensuales; una cifra que supera en un 25% sus ingresos.
Zoila enfrenta esto junto al que llama “el padre de sus hijos”, denominación que explica de qué va para ella el vínculo. De profesión albañil; se sabe poco de él, excepto que es menor por cinco años y que, a veces, Zoila suele decirle a su suegra “que si lo acepta de regreso”.
La crudeza de su día a día contrasta con la belleza que procura en las flores propias y ajenas. Trabaja con una diligencia y un afán innegables en las tareas repetitivas en las que encuentra el consuelo de despejar sus pensamientos, tal como lo ha expresado.
Las orquídeas que venera no echan raíces en la tierra. Suben a otros árboles y sostienen su propio ecosistema mientras florecen en exquisitos colores y formas. Para Zoila, cuidar de su jardín, aunque habite muchos otros, es un intento de procurarse la belleza que algunos días el mundo le niega.
*Anotación: El nombre de Zoila es ficticio para proteger su identidad.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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