Por Jacqueline L'Hoist Tapia*
El nombramiento de Tania Morales como nueva presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) me obliga a hacer una pausa y reflexionar.
La primera reflexión se refiere a quienes hemos encabezado estas instituciones. Casi todas fueron fundadas por hombres —con excepción del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED)—; sin embargo, resulta tan paradójico como revelador que, durante los últimos años, hayamos sido las mujeres quienes hemos sostenido, con el cuerpo, la palabra y la convicción, la agenda de los derechos humanos en este país.
En el CONAPRED han estado mujeres como Alejandra Haas y Mónica Maccise, con trayectorias que hablan por sí mismas. Su última presidenta fue Claudia Morales, y ahora el organismo está a la espera de la definición de un nuevo nombramiento. En el COPRED se suceden ya tres generaciones de mujeres: Jacqueline L’Hoist, activista feminista y defensora de los derechos humanos; Geraldina González de la Vega, académica feminista; y ahora Tania Morales, cuya trayectoria incluye el trabajo por las infancias trans. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), por su parte, es encabezada por segunda ocasión por Rosario Piedra. En la Comisión de los Derechos Humanos de la CDMX (CDHCM) estuvo Nashieli Ramírez —hoy contralora del Gobierno de la Ciudad— y, actualmente, María Dolores González, emanada también de la sociedad civil. Las mujeres ocupamos los espacios que se nos abren y, una vez dentro, permanecemos: resistimos, defendemos derechos y abrimos camino.
Por eso estos espacios importan tanto. Se necesita valor —un valor que las mujeres conocemos bien— y una enorme claridad para formar parte de un organismo de gobierno, autónomo o descentralizado, y señalar la discriminación incluso cuando proviene del propio poder público —del gobierno en turno— o cuando su denuncia toca intereses institucionales. Nos toca incomodar, porque la palabra que señala adquiere una fuerza particular cuando se pronuncia desde dentro.
Nos corresponde, entonces, practicar entre nosotras una sororidad profunda y activa: construir un frente común capaz de eliminar la discriminación y garantizar los derechos humanos de todas, todos y todes. La presencia de las mujeres en estas instituciones no debe ser sólo una conquista individual, sino una plataforma colectiva desde la cual ninguna persona quede atrás.
La segunda reflexión se refiere a la lucha real: aunque México cuenta con leyes avanzadas contra la discriminación, el mayor desafío persiste en el odio, que convierte la diferencia en amenaza y pretende afirmar a unas personas mediante la exclusión o el borrado de otras, sin importar de qué lado provenga.
El odio convierte la diferencia en amenaza y fractura luchas que deberían reconocerse y acompañarse: el feminismo y su visión amplia y las mujeres trans; las comunidades indígenas, migrantes y afrodescendientes; las diversidades sexuales y religiosas; las personas con discapacidad; las juventudes y las personas mayores. Desde una mirada feminista y de derechos humanos, ninguna emancipación puede construirse sobre la exclusión de otras personas. La discriminación no depende del tamaño de un grupo, sino de las barreras que niegan su dignidad y sus derechos: el racismo, la xenofobia, la intolerancia religiosa, el antisemitismo y el desprecio hacia otras identidades o formas de vida. Convivir exige reconocer que ninguna existencia vale más que otra y colocar el trato igualitario, la libertad y el respeto en el centro de nuestra vida común.
En esa misma lógica, se ha instalado la falsa idea de que el privilegio convierte inevitablemente a una persona en discriminadora, sin reconocer su capacidad de mirarse críticamente, cuestionar sus propias conductas y transformar la manera en que se relaciona con las demás. Aceptarla sin matices significa reproducir aquello que pretendemos combatir: encerrar a cada persona en un estereotipo, atribuirle una conducta por el grupo al que pertenece y convertir su identidad en una condena anticipada.
El principio de no discriminación no admite excepciones ni asteriscos: si hablamos de derechos humanos, hablamos necesariamente de todas las personas. La supuesta obligación de elegir entre los derechos de unas y los de otras es una falsa disyuntiva, porque la dignidad no se reparte ni se protege por turnos. La esencia de los derechos humanos —y también la del feminismo— es su universalidad. Todas, todos y todes somos mexicanos, pero no por ello tenemos que ser iguales: pertenecemos a una nación plural, construida por distintos orígenes, identidades, pensamientos, cuerpos, creencias y maneras de vivir. Nuestro desafío no consiste en borrar esas diferencias, sino en aprender a convivir con ellas, reconocerlas y convertirlas en un valor común.
Por último, hay que reconocer que no necesito encarnar una causa para defenderla ni compartir una identidad para respetar su existencia; mucho menos necesito negar a las otredades para afirmar la mía. México sólo puede reconocerse plenamente cuando comprende que su diversidad no lo divide: le enriquece, sostiene y le da sentido de pertenencia.
Defender una causa nunca debería significar discriminar a otra. Parece evidente, pero a veces sugiere que lo hemos olvidado, y ese olvido nos fractura. Frente a él, las mujeres que sostenemos la agenda de los derechos humanos y la no discriminación tenemos una responsabilidad decisiva: demostrar que ninguna lucha se fortalece con la desaparición de otra persona o de otro grupo. que la denuncia es motivo por el cual estamos ahí sea a quien sea, Los derechos sólo son verdaderos cuando alcanzan a todas las personas; la dignidad sólo se defiende cuando la existencia ajena deja de percibirse como una amenaza para la propia.
*Jacqueline L'Hoist Tapia
Creadora de la Guía para Entender y Atender el Acoso Sexual en el Ámbito Laboral y defensora de mujeres despedidas por embarazo. Defensora de derechos humanos, especialista en género y no discriminación.
Presidenta fundadora del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) -2011 a 2018-, donde documentó y visibilizó que el embarazo es la principal causa de discriminación laboral contra las mujeres en la Ciudad de México, e impulsó la primera política pública local contra la discriminación.
Se desempeñó como Secretaria Ejecutiva de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (ahora CDHCDMX).
Es precursora de la Unidad de Género de Grupo Salinas / TV Azteca,
Es articulista del diario *La Razón* y comentarista en *ADN noticias* en el noticiero de Leonardo Curzio.
Feminista y activista.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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