Por Pamela Cerdeira
El título de surrealismo no nos lo ganamos de a gratis. Cualquiera que pasara por la colonia lo podía constatar: durante meses, con mallas y conos que prometían una obra nueva bloquearon la mitad de los topes (que son más que las ganas de Brugada de pintar la ciudad de morado). Durante semanas estuvieron así, solo bloqueados. Cuando finalmente empezaron las obras, la respuesta dejaba atónito a cualquiera. ¿Para qué estaban quitando los topes? Para poner otros topes.
Esta es la historia de la histeria, una pizca de ¿corrupción? y el ingrediente principal de la Ciudad de México: un tráfico de la fregada. Todo empezó con el presupuesto participativo. Cada año, cada alcaldía debe destinar el 4% de su presupuesto a proyectos que decidan los vecinos. Mediante un mecanismo que lleva a cabo el Instituto Electoral de la Ciudad de México, los vecinos proponen sus proyectos, los vecinos los votan y la alcaldía los ejecuta. Y así, proyectos como iluminación, arreglo de banquetas y otros que jamás verían la luz, suceden. Pocas personas lo utilizan; en la última votación participó el 6% de la lista nominal.
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