Yo no sé de futbol, pero para efectos de esta columna, creo que eso es mejor. Solo cada cuatro años veo un partido completo y ni en mis más locos delirios se me ocurriría opinar sobre cómo debería el Vasco Aguirre hacer su trabajo. Siempre me pareció rara la esperanza del quinto partido. Derrotista. Lastimera. ¿Somos tan malos que nuestra meta no es ganar el Mundial, sino llegar al quinto partido?, me preguntaba. Siempre lo pensé así, pero este Mundial me demostró que estaba equivocada: hay algo de magia en las metas cortas.
Usé la playera en cada partido, me aprendí más nombres de futbolistas de los que me he aprendido en toda mi vida, sé que Mora es un chamaco con muchísimo futuro, que Quiñones nació en Colombia, pero será para siempre mexicano, que el Tala es portero, que Ochoa se retiró y que creo saber por qué le dicen Piojo al Piojo. Sé que el entrenador se movía de un lado al otro con un libro que ahora quiero leer, que al parecer habla de que los mejores equipos son los que mejor se saben comunicar entre ellos. Me convertí en la más entusiasta de la selección. Yo, que menté madres por lo caros que estaban los boletos, que vi el partido inaugural desde mi casa mientras hacía ejercicio y que terminé admirando y queriendo ser partícipe de los festejos en las calles.
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