Por Sandra Romandía
Hay una máxima en las investigaciones financieras que rara vez falla: el dinero siempre deja rastro. Puede cruzar fronteras, cambiar de banco, esconderse detrás de empresas de papel o pasar por manos de familiares, pero conserva una memoria obstinada. Los discursos políticos pueden reinventarse; las transferencias bancarias, en cambio, quedan registradas con fecha, monto y destinatario. Por eso, la detención de Gilda Susana Lozoya Austin, hermana de Emilio Lozoya, importa menos por el apellido que lleva que por la historia que cuentan cinco depósitos realizados hace casi catorce años.
Durante años, el caso Agronitrogenados pareció convertirse en uno de esos expedientes condenados a vivir más en las conferencias de prensa que en los tribunales. Hubo una extradición convertida en espectáculo político, promesas de cooperación, un criterio de oportunidad que nunca terminó de consolidarse, fotografías que indignaron a la opinión pública y una larga sensación de que el caso emblemático de la corrupción del sexenio de Enrique Peña Nieto se diluía entre recursos legales y el paso del tiempo.
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