Por Paz Austin

La primera imagen que guardo de esta Guelaguetza no es un vestido bordado ni una danza.

Es una mujer de piel negra, vestida con el orgullo de sus raíces afromexicanas, de pie frente a Oaxaca, recordándole al país entero quién es y qué representa.

No llevaba un traje pensado para cumplir el estereotipo folclórico que muchos esperan encontrar. Vestía pantalón, con la dignidad de quien no necesita disfrazar su identidad para representarla. Era Enid Azucena Torres Agustiniano, originaria de Santiago Pinotepa Nacional, en la Costa Chica de Oaxaca. Joven indígena y afromexicana, elegida este año como Diosa Centéotl 2026, la máxima representante cultural de la Guelaguetza.

Confieso que lloré.

No por la solemnidad del momento, sino porque pocas veces un discurso logra atravesar tantas capas de historia, de memoria y de humanidad. Mientras hablaba, comprendí que la Guelaguetza es una declaración de existencia.

De su discurso me llevo frases que siguen resonando dentro de mí:

Que, cuando las lenguas originarias tienen voz, deben cantar y bailar incluso cuando existe dolor, porque cantar también es un acto de resistencia.

Que compartir también es resistir. Que la danza declara que los pueblos originarios existen.

Que las hermanas de las ocho regiones están presentes para recordarnos que la diversidad no divide: enriquece.

Que las raíces nos permiten crecer. Que las abuelas sostienen la memoria mientras los nietos aprenden a cuidarla.

Que las mujeres producen maíz, pero también producen pueblos.

Y que el color de la piel o la lengua que hablamos jamás deberían convertirse en un límite.

Sus palabras fueron una lección sobre México.

Mucho antes de la llegada de los españoles, los pueblos originarios de los Valles Centrales subían al Cerro del Fortín —entonces llamado Daninayaaloani, “el cerro de la bella vista”— para rendir culto a Centéotl, la diosa del maíz tierno. Ahí compartían cosechas, textiles, artesanías, danzas y ofrendas. La joven elegida para representar a la diosa no era una reina de belleza; era el símbolo de la fertilidad, la abundancia y la continuidad de la comunidad.

Hoy esa tradición sigue viva. Cada municipio selecciona a una representante que porta con orgullo el traje auténtico de su comunidad. Pueden participar mujeres indígenas, afromexicanas o mestizas, sin importar su estado civil, religión, orientación sexual o condición social. Lo que importa no es la apariencia, sino el conocimiento de su cultura, de su historia y de sus raíces.

Este año, además, la elección de una mujer afromexicana tiene un profundo significado.

En México viven alrededor de 3.1 millones de personas afrodescendientes, de acuerdo con la ENADID 2023. Más de la mitad son mujeres. Sin embargo, durante décadas su presencia fue invisibilizada dentro del propio relato nacional.

Ver a Enid abrir la máxima fiesta de Oaxaca es también reconocer una parte de México que durante demasiado tiempo permaneció fuera del reflector.

La palabra Guelaguetza proviene del zapoteco guendalezaa, que significa ofrenda, presente, acto de compartir.

Y quizá esa sea la enseñanza más poderosa de todas.

Compartir no consiste únicamente en entregar algo material. Compartir es ofrecer la memoria. Compartir la lengua. Compartir la música. Compartir la historia. Compartir la identidad para que no desaparezca.

Tuve el enorme privilegio de estar presente en la Guelaguetza. Será, sin duda, uno de los recuerdos más importantes de mi vida.

Pero también regresé con una convicción.

Antes que los turistas, están los pueblos.

Antes que las fotografías, está la memoria.

Antes que el espectáculo, está el ritual.

Quienes llegamos de fuera somos invitados a una celebración que pertenece a quienes la han preservado durante siglos. Nuestra responsabilidad es acercarnos con humildad, con respeto y con disposición para aprender.

Porque la Guelaguetza no necesita que la admiremos, necesita que la comprendamos. Solo cuando conocemos el origen de aquello que nos da identidad podemos defenderlo. Solo cuando entendemos quiénes somos podemos decidir qué vale la pena preservar.

Salí del Cerro del Fortín con la sensación de haber visto mucho más que un festival.

Vi un México que sigue resistiendo a través de sus mujeres, de sus pueblos, de sus lenguas y de su memoria.

Y entendí que la Guelaguetza no se mira.

Se escucha con el corazón.

Se siente con la piel.

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