Por Sandra Romandía

Los libros no cambian el mundo, cambian a las personas, y las personas cambian el mundo. No lo digo como cita, sino como testigo. Hace algunos años participé en un libro colectivo llamado Los 12 mexicanos más pobres, de editorial Planeta y coordinado por el periodista Salvador Frausto. Mi capítulo contaba la historia de Crisanto Hernández, un campesino hidalguense que soñaba con levantar el vuelo y construir una casa de block en medio de la sierra huasteca. La historia, publicada en 2016, llegó a alguien que decidió ayudarlo a él y a su sobrino. Todo porque una historia escrita atravesó la indiferencia.

Si alguien se lo hubiera contado oralmente, quizá no habría sucedido nada. La lectura activa zonas del cerebro que transforman el relato en experiencia. Según un estudio de la Universidad de Emory, leer narrativa modifica la conectividad de la corteza temporal izquierda, la región asociada al lenguaje y la empatía, y ese efecto puede durar varios días. En términos simples: leer no solo informa, sino que reconfigura la mente. Los libros son gimnasios neuronales, pero también túneles de empatía.

Años después, junto a Antonio Nieto y David Fuentes, escribimos Narco CDMX. En aquel 2019, la sola mención de cárteles en la capital parecía una blasfemia política. El gobierno de Miguel Ángel Mancera negaba su existencia mientras las extorsiones, los secuestros y los despojos crecían como hiedra sobre los barrios. El libro cambió algo más que la conversación pública: provocó operativos, detenciones y una atención institucional que los reportajes sueltos no habían conseguido. La diferencia no fue de talento, sino de formato. Un libro concentra, persiste, se lee en los tiempos lentos donde se forma la reflexión. No busca el clic inmediato, sino la conciencia posterior. Por eso la lectura puede alterar políticas públicas más que mil conferencias matutinas.

Un libro no es solo papel o tinta: es un archivo emocional colectivo. Según la neurocientífica Maryanne Wolf, autora de Proust and the Squid y Reader, Come Home, la lectura profunda —especialmente la literatura compleja— activa circuitos neuronales asociados con la empatía, la autorreflexión y la imaginación moral, procesos que transforman la forma en que pensamos y sentimos. Y esa capacidad, tan escasa en la política mexicana, es la base de la justicia y la compasión.

Lo comprobé de nuevo con Testigos del horror, el libro sobre el Rancho Izaguirre, un centro clandestino del Cártel Jalisco Nueva Generación en Jalisco. Ahí, donde el Estado fingió no ver, los libros volvieron a hacer su trabajo silencioso. En una conferencia reciente ante la Barra Mexicana de Abogados, varios juristas confesaron que nunca habían sentido tan vívidamente el tránsito de las víctimas a victimarios hasta leer las historias que allí se narran. No fue la información la que los impactó —eso ya lo sabían—, sino la experiencia interior que solo un libro provoca: la de vivir lo que antes solo se entendía.

Por eso, en este Día del Libro, pienso que los libros no son solo refugios, sino artefactos de impacto real, capaces de cambiar destinos o detener un ciclo de violencia. La lectura es una forma de presencia: al leer, alguien nos habita. Mientras el país se acostumbra a los resúmenes, los hilos y las cápsulas de treinta segundos, los libros resisten. Son la última conversación larga que nos queda. Y en tiempos de inmediatez histérica, esa conversación es un acto político.

Leer no es huir de la realidad, es entrar más hondo en ella. Y escribir —como lo hizo Crisanto al contar su historia sin saberlo— es dejar una huella en el mundo que, a veces, se traduce en una casa construida, en un operativo judicial, o simplemente en un lector que, al cerrar el libro, ya no es el mismo.

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@Sandra_Romandia

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