Por Sophia Huett
Hay políticos que encuentran soluciones. Este alcalde, en cambio, encuentra la forma. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Una cosa es resolver un problema y otra muy distinta descubrir cómo darle la vuelta hasta que deje de parecer problema. Quiso competir por la alcaldía de una ciudad en la que no vivía y, lejos de desanimarse, instaló una tienda de campaña, colocó un buzón y asunto arreglado: si hacía falta domicilio, ya tenía uno. Hay que reconocerle algo: imaginación nunca le ha faltado.
También le encantan las competencias, siempre que no exista demasiado riesgo de perderlas. Si un adversario corre más rápido, busca una ayuda extra; si alguien hace un mejor trabajo, intenta estorbarlo; si las condiciones no le favorecen, procura cambiarlas. Su filosofía parece sencilla: ganar es importante; ¿cómo?, ya se verá.
En una ocasión utilizó unos pantalones robóticos para correr más rápido. La idea funcionó hasta que dejaron de obedecerle y terminaron llevándolo a donde quisieron. En otras competencias ha preferido sabotear directamente a sus rivales, porque entrenar, mejorar o aceptar una derrota son alternativas demasiado convencionales para un hombre de su creatividad.
También tiene colaboradores. Muy leales. Tanto, que uno sospecha que el principal requisito para trabajar con él es no preguntar demasiado. Si hay que mover algo, se mueve; si hay que distraer a alguien, se distrae; si el jefe trae otra idea disparatada, se ejecuta con entusiasmo. Nadie parece tener entre sus funciones decirle: “alcalde, quizá esto no sea buena idea”.
Y ahí la historia empieza a resultar curiosamente familiar, porque el problema de este personaje no es sólo que haga trampa: la convirtió en método. No siempre rompe las reglas de frente; muchas veces las estira, las rodea o las cumple sólo en apariencia. Si necesita residencia, consigue un buzón. Si para ganar tendría que ser mejor, primero busca cómo hacer que los demás sean peores.
Lo más simpático es que sus grandes planes suelen terminar igual: la máquina se descontrola, la trampa se revierte, el sabotaje provoca un problema mayor y quienes originalmente eran sus adversarios terminan rescatándolo. Provocar el problema y luego necesitar que otros lo resuelvan tampoco es una conducta completamente desconocida en la vida pública.
Hasta aquí podría parecer sólo la historia de un político pintoresco, pero detrás hay algo menos divertido. Las reglas de una democracia no existen únicamente para llenar formularios. Cuando se exige residencia a un candidato, no se busca que consiga una dirección postal, sino que tenga una relación real con la comunidad que pretende representar. Una tienda de campaña puede crear domicilio; el arraigo es otra cosa.
El deterioro empieza cuando dejamos de preguntarnos si alguien respeta el sentido de las reglas y comenzamos a admirar qué tan hábil fue para encontrarles la vuelta. Entonces la simulación se vuelve estrategia, debilitar al adversario se llama operación y torcer una norma hasta que resulte conveniente empieza a confundirse con oficio político. Así, hacer trampa deja de dar pena y empieza a dar prestigio.
A estas alturas quizá ya pensó en algún político. O en varios. Hoy, inmersa en los contenidos infantiles, hablo del alcalde Humdinger, quien gobierna Foggy Bottom y es uno de los villanos de PAW Patrol. ¡Patrulla de cachorros!
Y ahí está quizá lo más interesante: Humdinger está escrito para niños muy pequeños, por eso no necesita discursos sofisticados ni explicaciones jurídicas. El niño lo mira y entiende de inmediato lo esencial: hace trampa, quiere ganar como sea, perjudica a los demás y utiliza a quienes lo rodean para conseguirlo. No hace falta explicarle que aquello está mal; lo sabe.
Reconoce al tramposo antes de aprender palabras como democracia, legalidad, equidad electoral o abuso de poder. Entiende que no vale cambiar las reglas sólo porque vas perdiendo y que ganar haciendo trampa no significa haber ganado bien.
Después crecemos y empezamos a ponerle nombres más elegantes a las mismas conductas: estrategia, operación, negociación, interpretación, habilidad política.
Quizá por eso PAW Patrol termina dejando una lección bastante incómoda: los niños todavía saben distinguir con enorme claridad entre ser listo y hacer trampa. A veces somos los adultos quienes hemos complicado demasiado algo que ellos entienden perfectamente.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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